Speranza
Oscar Strasnoy: "El policial es el drama moderno"
El
compositor argentino que reside en Berlín habla de Réquiem, la ópera encargada
por el Teatro Colón
Cortesia de Pablo Gianera
Aunque vive hace
veinte años en Europa (primero en París, ahora en Berlín), Strasnoy nunca
dejó de estar en la Argentina.
Para empezar, es, como a él mismo le gustaría
definirse, un habitante de la vigésima cuarta provincia argentina: el
extranjero.
Yo nunca me sentí menos argentino que cuando viví acá.
Me resulta
más cómodo ser argentino que hacerme el francés.
Kagel, por ejemplo, es el más
argentino de todos sin querer serlo.
Pero Strasnoy, que habla fatigado, ya
tarde por la noche, después de un ensayo, mantiene también con el país vínculos
de tipo restringidamente musical.
Sus obras, es cierto que con intermitencias,
fueron conociéndose de a poco.
La última, en 2012, fue Cachafaz, sobre el texto
de Copi.
El adeudado estreno de El baile, una de sus obras más logradas, tiene
una especie de compensación con Réquiem, la ópera encargada por el Teatro Colón
que toma como punto de partida Requiem for a Nun, la novela de William Faulkner,
y que se estrena el martes 10 de junio con dirección musical de Christian
Baldini, y libreto y puesta en escena y libretto de Matthew Jocelyn.
Para Strasnoy no es
un estreno más.
Si bien El baile estuvo programada en la Ópera de Hamburgo y el
año pasado él fue el invitado de honor de la 22ª edición de Présences -el
prestigioso Festival de Création Musicale de Radio France celebrado en el
Théâtre Châtelet que en ediciones anteriores estuvo dedicado a Iannis Xenakis,
Luciano Berio y György Ligeti-, el Colón es algo diferente.
"Y, viste... está
la idea ésa de «al Colón, al Colón».
Tiene significados contradictorios.
Por un
lado, Réquiem cierra algo.
Yo me fui, no volví del todo, pero ésta es una forma
de volver.
Por otro lado, está el miedo al momento consagratorio.
¿Y si la ópera
resulta un bodrio?
Siempre es un riesgo, pero ese riesgo ACA está multiplicado
por la visibilidad.
Y hay también circunstancias difíciles de asumir.
Por
ejemplo, a mí me habría gustado que mi ópera en el Colón hubiera sido Cachafaz,
y no esta que es mucho más «operística» -- mucho más pucciniana.
Pero después de
todo, el Colón es un teatro pucciniano, es el teatro más pucciniano del mundo.
Hay que hacerse cargo de eso."
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La elección de la novela de Faulkner puede
parecer desconcertante si se tiene en cuenta que su forma no parece, en
principio, operística.
Se combinan en la trama y en la construcción una historia
contada de manera prácticamente teatral y capítulos con una narración que se
aleja de Temple Drake (la misma Temple, de "Il Santuario") y Nancy, los dos
personajes femeninos a los que une una laberíntica variedad de sacrificio y
expiación.
"La obra es difícil porque, salvo el abogado, los personajes se van
deshojando.
En realidad, la obra es un setenta por ciento Temple Drake -explica
Strasnoy-.
Cuando con Matthew Jocelyn terminamos de hacer El baile, que es una
ópera corta, buscamos un tema para una especie de segunda parte.
Le propuse a
Matthew Réquiem para una monja, y él me dijo que había intentado hacer una
puesta teatral con Ry Cooder y que le parecía imposible porque era muy hablada,
muy psicológica.
Finalmente, se convenció.
Es un texto oscuro.
Los capítulos
narrativos son imposibles de poner en opera.
Y, a la vez, son imprescindibles
para entender el contexto.
Además, esta obra de Faulkner es clave para entender
el funcionamiento de Estados Unidos.
Resume de una manera tremenda el "Midwest"
americano.
-¿Cuánto influyó el viaje que hiciste a los Estados
Unidos?
-Fue fundamental. Estuve cinco semanas en el sur de los Estados
Unidos y sin ese viaje la ópera sería diferente.
Al estar ahí, entendí, por
ejemplo, que el estado de Mississippi nunca se recuperó de la Guerra Civil.
Hoy
en día sigue siendo un estado de un apartheid absoluto.
Entrás en un bar donde
hay gente muy simpática y resulta que es un bar de Ku Klux Klan en versión
moderna.
El del blanco y el del negro son universos que ahí no se tocan.
Aparte,
de casualidad caímos un domingo en una iglesia con un servicio negro.
Tres
músicos de no más de veinte años improvisaron cuatro horas.
Yo sentí que estaban
ahí los mejores músicos del planeta.
Pero el viaje me sirvió, sobre todo, para
entender una tradición musical, que es diferente sin duda, pero que no es menos
sublime que la tradición europea.
En Memphis fui a un museo del blues, me quedé
un día entero, escuché las colecciones de grabaciones y aprendí
muchísimo.
-¿Aparecen en la ópera elementos del blues?
-Sí, pero muy
filtrados.
Hay algunas inflexiones en la línea vocal, a pesar de ser un canto
completamente lírico.
También hay algunas rarezas en la orquesta.
Necesité
incorporar instrumentos bastantes connotados.
La armónica, que es muy importante
porque abre la ópera, la guitarra eléctrica, el acordeón, bastante percusión, un
saxo soprano y un órgano Hammond, que uso mucho, siempre.
-Supongo que otra
de las dificultades en el trabajo con la novela de Faulkner es esa condición
estática que deriva de que los acontecimientos de los que se hablan ocurrieron
antes de que empiece la acción.
-Claro.
Por eso la ópera empieza con un
flashback del momento en que Temple huye de la casa.
Todo tiene una atmósfera de
policial y, de hecho, el policial es el drama moderno.
El segundo acto empieza
con la misma escena, pero sigue de otra manera.
Yo odio los flashback en la
ópera.
Pero Matthew me convenció cuando me dijo que un flashback que no
interrumpe nada no es en realidad un flashback.
-¿Tuvieron en cuenta la
versión teatral que preparó Albert Camus?
-La leímos.
Pero a mí me parece muy
inferior al original.
Tiene que explicar muchas cosas y eso resulta finalmente
anti-teatral.
-En cierto modo, la teatralidad de Réquiem for a Nun es la
teatralidad de la tragedia griega, aun cuando la resolución parezca más bien
cristiana.
-Exactamente.
Por eso me di cuenta de que tenía que tener un coro
que cumpliera la función del coro griego y que, al mismo tiempo, se ocupara del
texto de la misa de "Requiem."
El papel que cumplen en cualquier ópera los
interludios musicales lo cumple aquí el coro.
-Réquiem está pensada para ser
cantada en inglés.
¿Cómo ajustás la escritura vocal a las demandas de cada
lengua?
-En este caso, no podía no ser sino inglés.
A mí me parece una lengua
magnífica para el canto, muy expresiva, con esa cosa de que solamente dos
palabras son un mundo y con esos monosílabos muy tensos.
Aun así, a veces traté
de ir en contra de la lengua, traté de quitarle cierta solemnidad que tiene
Faulkner y que en nuestra época habría sonado como a novelón.
Quería también
evitar folklorismos, pero, a la vez, es inevitable que haya algo de color local.
No hacerlo habría sido una debilidad, como lo habría sido no aceptar el lado
milonguero de Cachafaz.
Yo sé que es un anacronismo, pero en el anacronismo está
también el interés..
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