Monday, June 13, 2011

Schmunck, "Rinuccio"

"Hay una crisis de cantantes"


Schmunck nació en Villa Ballester y comenzó cantando heavy metal.

Aquí habla de su singular trayectoria y del buen momento de los tenores argentinos en contraposición con los europeos.







Nacido en Villa Ballester en 1965 y radicado en Viena desde hace cinco años, el tenor Darío Schmunck está de paso en Buenos Aires, convocado por el Colón para el rol protagónico masculino de la zarzuela Doña Francisquita.

Schmunk es un tenor en ascenso. Un exitoso Fausto en la Opera de Bergen (Noruega), en 2003 dio un giro en su carrera, iniciada en 1992 en el Argentino de La Plata y continuada cinco años más tarde en la Opera de Essen.

Tuvo a su cargo el papel de Alfredo en el segundo reparto de La Traviata en la reapertura de La Fenice de Venecia, tal vez el acontecimiento simbólicamente más significativo de la temporada europea 2004.

Cantó en Munich, Frankfurt, Bonn y estuvo cuatro años en la Volksoper de Viena. Schmunk continúa radicado en la capital austríaca, pero ahora iniciando una carrera en forma independiente e iniciando también un matrimonio, que contrajo hace dos semanas con una joven vienesa.

Esta prolija trayectoria profesional tiene un origen curioso.

Quince años atrás Darío Schmunck era un cantante de heavy metal sin ninguna idea de lo que era la ópera ni una partitura.

Su primera banda se llamó Rara Avis y la segunda, Sauvage.

Además de cantar, Schmunck componía letras y melodías, grabador mediante.

El músico intuitivo quiso perfeccionar su técnica y acudió a Andrés Risso, maestro de canto y compositor.

"Risso me abrió un mundo enorme, me hizo escuchar ópera y arias antiguas."

"Me acuerdo que un 13 de agosto (de 1991) grabábamos un demo por un concursito que habíamos ganado con la banda, y el 15 me llama Andrés para decirme que había posibilidades de entrar en el Coro del Argentino de La Plata.

'¿Qué hay que hacer', le pregunto.

'Una vocalización, un aria y leer música', me dice.

Yo no sabía leer música.
El aria era a elección; canté una de La Traviata, a los gritos, y me estudié de memoria la parte de segundo tenor del Réquiem de Verdi, ya que se había filtrado que esa era la pieza de lectura".

Es así como Schmunck entró en el coro de La Plata y poco después debutó como solista en una ópera de Rossini.

Por entonces tuvo que acelerar sus estudios con Nino Falzetti y actualmente se perfecciona con el maestro italiano Antonio Carangelo.



¿Cómo es el trabajo con Carangelo?

Sigo trabajando cosas de respiración, de actitud física y de gusto.

El me orienta en la adaptación de sonido.

Yo adapto mi voz a la obra que estoy cantando.

Hay un porcentaje de mi voz que cambia con la obra.

Vos escuchás a Pavarotti, y la voz de Pavarotti siempre es Pavarotti.

La mía se va acomodando en función de la obra, por eso no me gusta cantar una ópera encima de otra.



Esa adaptación, ¿es algo que se decide o se da naturalmente?

En mi caso es bastante natural.

Yo siento que cada obra tiene un molde.

Uno se va acomodando a ese molde, hay una pequeña metamorfosis.

No es lo mismo cantar un Fausto (Gounod) que un Elisir d'amore (Donizetti).

La madurez mental de los personajes es completamente distinta.





¿Hasta cuándo estudia un tenor?


Voy a seguir estudiando todo lo que pueda, porque me gusta.

Quiero aprovechar esta experiencia, ya que hay una crisis mundial de cantantes y de maestros.



Se habla mucho de crisis, pero la ópera está en auge; si no en la creación, al menos sí en la interpretación.



El auge es de la ópera, pero no de los cantantes.

El otro día me fui a hacer un chequeo y en el consultorio me encontré con el tenor Neil Schicoff.

Me presenté, y tuvimos una conversación.

Me dijo:

"El tema es que ya no hay tenores que estén arribando a la edad que tengo yo" (más de cincuenta).

Ya casi no hay tenores de 45 años.

No hablemos de tenores wagnerianos, sino de tenores líricos para Bohème o Trovatore.

Los últimos tenores grandes fueron Pavarotti, Domingo y Carreras. Y Kraus, obviamente, pero hablo de los vivos o que más o menos siguen en carrera.

Y Schicoff, pero los demás no llegan.



¿Por qué ocurre eso?

Porque ya no hay escuelas sólidas y generalmente los cantantes se entusiasman con repertorios que se les van de las manos.

Sin duda surgen cantantes, pero después de quince años de carrera tal vez ya no pueden cantar más.



Pensando en el peruano Diego Florez, en algunos argentinos como José Cura o Marcelo Alvarez, o en tu caso, no parece este un mal momento para los tenores latinoamericanos.


Flores es técnicamente impecable, pero todavía me llega más Rolando Villazón, que precisamente es mexicano.

Y no es casual.

América tiene una energía que Europa ya no tiene; es como una pila gastada.

Tiene que ver con el clima y con las sociedades.

Nosotros somos buscavidas.

Somos McGiver, arreglando todo con alambre.

Hoy trabajamos en esto, mañana en esto otro.

Nos adaptamos.

En Europa la gente trabaja de una cosa y punto.

Y acá está la cosa de la Pachamama.

Estuve hablando mucho de todo esto en Viena con el pintor argentino Helmut Ditsch.



Ditsch, el cotizado pintor argentino que vive en Irlanda y suele vender sus kilométricos paisajes a 200 o 300 mil euros, es un viejo amigo de Schmunck.

Ditsch tiene 52, Schmunck 39, e iban al mismo colegio de Villa Ballester.

"Es increíble la fuerza de sus cuadros. Son como fotos gigantes, paisajes glaciares, montañas o mar, sin individuos o animales, pero con una tremenda vida de la naturaleza. Uno descubre la fuerza de la tierra cuando llega a Europa. Estar en el campo en la Argentina es verdaderamente una alegría, aun cuando haya que trabajar. En Europa, ni bien te internás en un bosque te encontrás con un teléfono para emergencias o con un bebedero".

Entre los contratos del tenor argentino figura una Traviata en el San Carlo de Nápoles (2007), nada menos que con Angela Gheorghiu y Dmitri Hvorostovsky, y un Nabucco en Florencia (2006) con Ferrucio Furlanetto y Leo Nucci.

En junio de ese año Schmunck volverá al Colón para cantar Lucia di Lammermoor de Donizetti.

"Venir al Colón es muy importante para mí, no sólo por volver con un protagónico (Fernando en Doña Francisquita) ocho años después de un personaje secundario en Fidelio, sino por todo lo que se mueve.

"Hay unas primas de Mendoza que vienen a oírme, lo mismo que mucha gente que me conoce desde que cantaba rock y que nunca pisó Colón."

Es un regalo que nos hacemos mutuamente.

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